MADRES DE PRÓCERES, Partos que hicieron la historia es un libro de Karina Bonifatti publicado en Buenos Aires por Ediciones B, en octubre de 2010, que se encuentra en venta en librerías de todo el país. En este blog se incluyen extractos de capítulos e información de interés como documentos, dibujos y fotografías actualizadas mes a mes.

lunes, 12 de agosto de 2013

Dorrego, el hijo menor



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maría de la ascención SALAS


Madre. −Mientras una vive, lucha.

FEDERICO GARCÍA LORCA, Bodas de sangre



Era bonita, de pelo oscuro, tez blanca, ojos vivísimos. Se va a casar con un comerciante; no rico, tampoco pobre, extranjero, eso sí; pero no español como Benito Ribadavia, Juan de San Martín y Diego de Alvear; tampoco italiano como Domingo Belgrano. Lo importante es que María de la Ascensión se va a casar con José Antonio Do Rego, un hombre que enseñará a sus hijos esta regla: “lo importante es el propio valimento, en la vida hay que hacerse solo”; y va a poder rematar la enseñanza diciendo: lo sé por experiencia.
Hombres como José Antonio no sé si son muchos o pocos, pero por lo general no se ven entre los padres de los próceres. Entre las madres, María de la Ascensión tampoco es parecida a la generalidad. Los de mi generación me van a entender: si Josepha y Benito (los padres de Rivadavia) son como los locos Adams, María de la Ascensión y José Antonio son los Ingalls... Justicia, igualdad, coherencia, cristiandad, son los valores de esta familia, y fundamentalmente: ¡son optimistas! Están impregnados del optimismo que caracteriza a la Ilustración convencida de que entre verdad y virtud hay continuidad, coincidencia. Pero en el siglo XIX esa coincidencia se va a romper. Ellos no lo saben, están confiados, no perciben la crisis de legitimidad que se avecina; no dudan de sus certezas. Hablo de los padres de Manuel Dorrego, el Coronel que no quiso ser General por acciones que no fueran en una batalla.

Dicen que la actividad de una madre en el periodo de gestación influye en la personalidad del niño. El quinto embarazo de María coincide con su actividad constante a favor de la reincorporación, como rector del Colegio, de Juan Baltasar Maciel.[1]  En el otoño de 1787, María hace reuniones en su casa, organiza mítines para que el virrey Loreto le devuelva el cargo a Maciel; le entrega un petitorio con firmas de los vecinos anunciándole que en su casa se van a rezar novenas para que Maciel vuelva a ser rector; y a todas estas actividades de protesta, a los 25 años, va con Dorrego en la panza…
Juan Baltasar Maciel vivía a la vuelta de la Catedral. Se había hecho famoso en 1772 al reformar los programas de estudio proponiendo en física apartarse de Aristóteles y leer a Newton (algo impensable, por ejemplo, en la Universidad de Salamanca −en este punto fuimos adelantados−). Maciel era de formación jesuítica, pero eso no le impedía enfrentarse a jesuitas. El pensamiento se está moviendo a fines del siglo XVIII en Buenos Aires (...).

La enseñanza es el ámbito donde se desenvuelve Maciel hace bastantes años para cuando María de la Ascensión anda con Dorrego en la panza conversando con los vecinos, preocupada seguramente por la formación que recibirá el hijo que ya tiene. José Antonio Do Rego habrá celebrado en 1784 la sorpresa del varón después de tres partos seguidos que resultaron ser niñas: María de las Nieves, nacida en 1777; Trinidad, en 1779; y María Magdalena, en 1781. Y habrá depositado el padre en ese hijo seguramente la expectativa de que siguiera una carrera afín a la suya, como suele suceder. Y sucedió. Después le van a decir “Luis, el comerciante”.

Cuando las niñas tienen 6, 8 y 10 años, y Luis 3, mientras Dorrego se gesta en el vientre de María, los programas de estudio muestran ya un intento de apertura. Empieza a haber una crítica del criterio de autoridad en materia de ciencia (no de teología).[2] La verdadera disputa se produce cuando se da una modificación  en el criterio de autoridad, que pasa a ser la prueba. Hay que probar las cosas. Bueno, Maciel es uno de los que en ese momento hace aparecer el criterio pre-moderno de autoridad. Dice, por ejemplo, que los soberanos pueden equivocarse, “pueden hacer leyes injustas”. Hoy ya lo sabemos, pero en ese momento es como tirar una bomba: pone en jaque la legitimidad de la autoridad del que manda. 
En estas cosas piensa María con su quinto bebé a punto de nacer. Cuando cumpla 41 años y sea elegido gobernador, y al año siguiente Lavalle haga el primer “golpe de Estado” (aunque Estado propiamente dicho aún no haya), Dorrego va a ser apresado (había ido a comer un asado a la estancia del hermano, están con Pacheco tomando mate cuando los detienen a los dos −después a Luis lo largan−); va a ser trasladado durante tres días en un carro hasta los campos de Navarro, donde llegarán el 13 de diciembre antes del mediodía (por el camino Rauch le va a quitar el reloj); el edecán de Lavalle, Elías (alias “Tigre” por la cara picada de viruelas) lo va a recibir y va a recorrer los cuatrocientos metros que lo separan de la casa de esa estancia que funciona como cuartel general para informar a Lavalle que “el preso ya llegó”.
Supone Dorrego en ese momento que la diplomacia ya está actuando. Se lo confirma un chasque que llega hasta el carro trayendo unos pliegos del gobierno delegado. Sabe que sus amigos de Estados Unidos están dispuestos a pagar por su libertad una fianza de 300 mil pesos. Ha sido derrocado, sí, pero él es el hombre con el cargo más poderoso del país, ¿qué cosa terrible puede pasarle?... Antes que la revolución estallara, Dorrego había dicho: “Lavalle es un bravo a quien han podido marear con sugestiones dañinas, pero dentro de dos horas será mi mejor amigo”. Lo van a fusilar a las tres de la tarde. Nadie lo sabe. Ni lo sospecha Dorrego. Elías es el encargado de decírselo. De pie en el carro, con los pies abiertos “como marcando las diez y diez” (así se paraba Dorrego) el hijo de José y María va a gritar al escucharlo: “¡Santo Dios!”, y entonces las escenas van a subir de tono. A eso de las doce y media va a llegar Lamadrid a caballo con un papel escrito a lápiz (un pedazo de sobre) que le dio Luis, donde Dorrego escribió al separarse del hermano a los apurones que Lamadrid fuera a hablar con él. Lamadrid es el yerno del ministro: Díaz Vélez, nombrado por Lavalle hace menos de dos semanas. Va a mostrarle a Lavalle el papel y, más rápido de lo que Lamadrid piensa, Lavalle va a acceder a que hablen. Arriba del carro, después de intentar convencer a Lavalle de que escuche a Dorrego y fracasar, cuando Lamadrid le diga a Dorrego: “Lavalle manda ahora, ¡es el gobernador!”, Dorrego le va a contestar algo como esto: “¡Lavalle Gobernador!... ¡Por favor! ¡Las elecciones del 1° fueron una farsa! ¿Creyó en esas elecciones, compadre? ¡Éste es un golpe de palacio! ¿Pero dónde estamos? ¿Quién ha dado esta facultad a un general sublevado?.
La facultad es la de fusilarlo.
Leyendo la carta que Elías le mandó a su hermano, o las Memorias de Lamadrid, o cualquier documento o libro sobre los hechos, todo el tiempo se verifica lo mismo: la lógica implacable de Dorrego que sigue hablando y se sigue comportando como el Gobernador que es aunque esté hundido en ese carro esperando la muerte a la que injustamente acaban de condenarlo (“Por orden del general Lavalle, en una hora va a ser fusilado”, es lo que escucha Dorrego de boca del Tigre Elías). En cada diálogo que mantiene: con Elías (¡al que conoce, porque antes fue su ayudante!), con Lamadrid, con los soldados de la guardia, el hijo de María de la Ascensión defiende sus fueros, cuestiona el golpe, grita:¡No, señor! ¡No sabe Lavalle a lo que se expone con no oírme!... ¿Pero qué es esto? ¿Dónde estamos?... ¿Es que la provincia no tiene leyes?... Todo está preparado para que salga del país, nadie tomará parte alguna por mí”... Desahuciado, a eso de las dos de la tarde, por fin dirá: “Que se haga de mí lo que se quiera… ¡Pero cuidado con las consecuencias!”. Y que no es miedo a morir lo que siente, sino a las desgracias que sobrevendrían al país.

Que vuelva Maciel es lo que grita María de la Ascensión con Dorrego en la panza cuatro décadas antes. Después el hijo, porteño caminador y conversador como su madre, rebelde, dirá a cada rato en el Congreso:et quae notoria sunt non indigent probatione (“…y las cosas que son notorias no necesitan prueba”).

Rebobinemos a cuando María de la Ascensión se casa con José Antonio. ¿En qué están las demás madres de próceres?
Cerca de donde viven ellos, aunque no se conozcan, María Josefa cuida de Belgrano, que todavía no cumplió 1 año, mientras una parva de niños, criados y parientes dan vueltas por el caserón de las torrecillas.
Gregoria acaba de casarse con Juan de San Matín y hace meses nomás que viven en la Estancia de las Vacas, en la costa uruguaya, donde nacerán sus primeros tres hijos.
Dentro de cinco años, la misteriosa mulata Josepha (madre de Rivadavia) se casará con su primo Benito.
Agustina, la mamá de Rosas, todavía no sabe caminar.

Es temprano; para algunas cosas, es temprano.
Pero en Buenos Aires se respira que todo puede pasar. Es ese aire de todo por hacer el que José Antonio Do Rego (o De Orrego, según la biografía) siente al llegar; por eso se afinca en Buenos Aires y se hace pulpero: pone su negocito cerca del Cabildo (y de la casa de Maciel), descontando que su amor es una porteña, y no cualquier porteña. Años después, ya casada y con hijos, María de la Ascensión, joven y rebelde, luchará codo a codo con los vecinos en una Buenos Aires virreinal tironeada por justicias e injusticias. La vida del marido de María, no menos enérgico que ella, explica también la personalidad del prócer. Porque a los 16 años, José Antonio se había ido de la casa audazmente. De Europa viajó a Río de Janeiro, donde estuvo tres años, para irse entonces con unos amigos a la Colonia del Sacramento, y un mes más tarde a Buenos Aires. Tenía 20 años cuando llegó.
Los porteños le cayeron bien, pero él no era visto como los demás, aunque fuera  comerciante… Además de su origen de hidalgo humilde, José Antonio traía un karma: era portugués. Y los portugueses no son bien vistos en Buenos Aires en ese momento; ni lo serán después.
Son el Imperio.
Son los que van a incendiar Yapeyú en 1817.
 (...)

           La frase predilecta de José, cuando escuchaba la palabra nobleza, era: “Se gana día a día y se demuestra con hechos”.
Del amor a un hombre que hablaba así es hijo Dorrego.

Pasa que cuando se enseña a un hijo el valor de la experiencia, de hacerse solo y demostrar con hechos lo que se dice, si el hijo aprende la lección y es responsable, se siente libre, autorizado a hacer lo que quiere. No está mal. Pero si, como es el caso de Dorrego, lo que el hijo quiere es ver vivo el ejercicio de la democracia (¡de la democracia, tan temprano!) es probable que luche por ese ideal mostrando con hechos cómo hacerlo realidad.
Esto hizo Dorrego.
Que por hacer esto se cruzara con alguien que quisiera matarlo, también era probable.
No había forma de ganarle una discusión a Dorrego. ¡Qué ganas de matarlo!, sentía más de uno. En el Congreso hablaba durante horas y todos se ponían impacientes. Le pedían que fuera breve y él hablaba dos horas más argumentando por qué lo hacía...
Morirá por enfrentar a los golpistas.

Dorrego no era agresivo ni agrio, sino cordial y generoso, con sus amigos y con sus adversarios; pero era inclemente y audaz para volver injuria por injuria. Jamás calumniaba cuando defendía su honradez echando en cara a su adversario algún hecho deshonroso; no inventaba ni tergiversaba; tenía pruebas y afirmaba una verdad. Dice un testimonio: “Patriota hasta el entusiasmo, íntegro, inteligente y activo como el que más”.

(...) Es un chico, pero ya es un demócrata. Al primo también le gusta hablar de política.
La vida recién empieza.

Siempre pienso que el mote de mártir parece obra de los nombres de sus padres: José y María. Y de los nombres que le pondrán a él: el segundo, Críspulo, en homenaje a un mártir español venerado en el norte de España; y el tercero, Bernabé, “por el santoral del día 11 de junio, en homenaje al padre de las primeras confederaciones de iglesias cristianas –figura en los Hechos de los Apóstoles−, discípulo de San Pablo, que murió apedreado por los judíos tras un juicio sumamente irregular”.[3]
(...)
Comerciantes padre e hijo mayor, Manuel Dorrego no se conforma con ese modelo, le queda chico a sus aspiraciones. ¿Por qué? ¿Qué quiere? Todavía nadie lo sabe, pero tiene una inteligencia particular, rara, espléndida. Lo notan enseguida sus profesores. Que era inteligente y vivaz de palabra los atestiguan las actas del Colegio. Le había prometido a su madre, al ingresar, que sería un estudiante excelente. Estas son las calificaciones de sus exámenes:

Gramática.
10 de enero de 1803. Apto para iniciar el estudio de filosofía

Filosofía.
19 de diciembre de 1803. Sobresaliente
26 de noviembre de 1804. Sobresaliente
27 de noviembre de 1805. Sobresaliente

Teología.
Noviembre de 1806. Sobresaliente
Noviembre de 1807. Sobresaliente
Noviembre de 1808. Sobresaliente

Dan ganas de matarlo −viendo estas calificaciones y siendo madre− al que lo mató. El grito de “¡Fuego!” lo dio el capitán Páez.

Es lindo verse en un hijo: los ojos, el pelo, la mirada (los míos parecen rusos). María de la Ascensión tenía ojos color café. También es un deleite escuchar a los hijos, ¿no?, ya sea decir lo que decimos o contradecirlo. Ellos siempre nos superan.
Dorrego era parecidísimo a la madre; ella pudo verse y escucharse en él poco tiempo: dieciséis años. Porque los días para vivir de María de la Ascensión se terminan el 17 de marzo de 1803. “Dos días después, de riguroso luto, participa del sepelio de su madre en el templo de San Francisco”.[4]
José Antonio no vuelve a casarse.

En mitad de la cursada de Dorrego en el Colegio, tienen lugar las famosísimas Invasiones inglesas (...).
Dorrego termina lo que sería el secundario en 1808. Sigue prefiriendo hablar de los asuntos de la patria. Y al año siguiente, Salvador Cornet le da la primera oportunidad para la aventura patriótica de la que tanto le gusta hablar: lo deja ayudarlo a escaparse a Montevideo. Fue así: el primo estaba comprometido en el golpe contra Liniers, y al fracasar el movimiento tenía que huir. Ese verano Dorrego justo había terminado los exámenes, así que tenía tiempo. Previa autorización del padre –porque sin esto no hacía nada: para José Antonio el respeto era una religión− Dorrego facilitó al primo la huida consiguiendo caballos y embarcación, y simulando una autoridad que, naturalmente, no tenía. Era ingenioso, se divertía; y así como le gustaba conversar, era buen actor. Acá se hace pasar por otro. Hay que decirlo: su vida −que en Dorrego es como decir su lenguaje, porque es esencialmente “un hombre de palabra”− está teñida de teatralidad. Había sido un niño travieso (Salvador Cornet, que aparte de primo fue su biógrafo, dice: “Manuel, en su niñez, era el más diestro en los juegos, el más oportuno para desarmar con una ocurrencia agraciada el enojo de sus padres”); después, algo más que un adolescente difícil de manejar, intelectualmente maduro. En fin, era muy complicado llevarle la contra. ¡Y no paraba de reírse!
Dice el inmigrante portugués a su hijo menor en 1809 algo como esto: “Ahora te vas a estudiar leyes, la cabeza te da para eso”. Claro, no quería que con semejantes dotes intelectuales perdiera el tiempo. Para el momento en que Dorrego viaja a Chile a estudiar, su padre es propietario ya de varias casas –como cinco– en la zona en la que siempre vivieron, por donde ahora está el microcentro. Podemos imaginar a Dorrego entrando en la universidad chilena con su andar liviano pero impulsivo, tan común, sin ninguna clase de galanura. Porque Dorrego camina seguro, ágil. Tiene el pelo oscuro, casi negro, sedoso y algo ondulado, que resalta en su tez fina, de tinte entre moreno y sonrosado, estrictamente meridional. La nariz, que no es un dato poco importante en las personalidades, es pequeña y recta.
¿Qué pudo haber hecho el hijo de María de la Ascensión una vez que estuvo en la Universidad de San Felipe (Santiago)? Lo primero que hizo fue unirse a los que trabajaban por la Independencia: se convirtió en uno de los cabecillas. Leía mucho, era un estudiante brillante, pero abandona los estudios. ¿Para qué? Es obvio: para ingresar al ejército. Y como todavía todo le sale bien, se gana el grado de Capitán en la represión de un motín antirrevolucionario. En Buenos Aires se suma a las tropas que marchan al norte con Saavedra.
Empezaba así su camino a la gloria.
También  su caminata al patíbulo.
Pero falta, falta para eso. Le quedan todavía las glorias independentistas, básicamente dos: Salta y Tucumán. Le falta conocer a San Martín, que todavía está en Europa. Le quedan dieciocho años de vida.

Vicuña Mackena describe a Manuel como “un espíritu turbulento, inquieto y casi ingobernable”, pero al mismo tiempo “un hombre de talento, de alma generosa, de educación y de principios, un caballero”. Por otro lado se dice que tenía un “temperamento vehemente y genio levantisco”, se refiere de él “insubordinación”, “indisciplina”. Casi todos los historiadores (Busaniche, por ejemplo) avalan este carácter de Dorrego. Otros (Tonelli) dicen que en realidad quienes afirman eso son copistas, que no estudian los documentos sino que repiten lo que otros dijeron, y explica cómo fueron usados algunos rasgos suyos para exagerar la cuestión de su personalidad vehemente y así justificar actitudes contra él, que en realidad son tergiversaciones. Tiene sentido. La risa de Dorrego, su carácter burlón, se usó para justificar primero su expulsión del ejército y del país y después su asesinato.
Aspirando Dorrego a terminar con la última monarquía en América, morirá entrampado en una encrucijada de ese conflicto: la guerra con Brasil. Solo en este punto puede pensarse que Dorrego termina subvirtiendo el orden del padre. Porque Manuel es testigo de que su padre portugués “rechaza títulos nobiliarios ofrecidos por los españoles. José Antonio les inculca a sus hijos el poder de ganar el dinero con su trabajo y que la nobleza está en la conducta individual y no en los títulos”.[5]
Tonelli desmiente que San Martín echara a Dorrego del ejército por burlarse de Belgrano, y muestra cómo éste es uno de los argumentos de Pueyrredón para meterlo en un buque y expatriarlo. Aunque una cosa no quita la otra. Quizá San Martín lo echó y Pueyrredón aprovechó. El acta u oficio donde Pueyrredón explica por qué expulsa a Dorrego del país en noviembre del 1816 dice que fue por eso.

Expatriado en Baltimoore, en 1817, Dorrego escribe las Cartas apologéticas, conmovedor documento que en doce páginas rechaza con verosimilitud y firmeza los cargos contenidos en los decretos de Pueyrredón. Ahí cita la carta de San Martín y Tonelli deduce que lo saca del Ejército del Norte porque era un desperdicio tenerlo ahí.
Es para ver.

Dorrego fue un gran defensor del sufragio universal. Lo veía como derecho natural de todos. Cuando discute el tema en el Congreso, en 1826, a nadie se le ocurre que los pobres tengan derecho a votar. Y era, contra muchas de las ideas que pululaban en la época, un antimonárquico (cuando hasta San Martín y Belgrano contemplaban la posibilidad de establecer una monarquía), un federal respetuoso de las instituciones republicanas. Se había formado en la experiencia del exilio de cuatro años en Estados Unidos, donde se empapó del federalismo, entre 1816 y 1820, año en que vuelve, en abril, acompañado por Moldes.
Fue entonces candidato a gobernador, ¡pero le ganó Martín Rodríguez, que gobernó hasta 1824! (nunca entiendo por qué nadie habla mucho de este hombre). Él lo trajo (de nuevo) a Rivadavia: su ministro.
Siempre en la oposición, Dorrego fue desterrado a Mendoza, pero se escapó con la plata a Montevideo o Colonia y regresó al amparo de la Ley del Olvido (1823).
En la guerra con Brasil, nuestra escuadra se bate gloriosamente en Quilmes con la escuadra imperial. En las operaciones terrestres, Lavalle, siendo aún Coronel, triunfa en Bacacay y en la batalla de Ituzaingó[6], acción por la que es ascendido a General.
Dorrego era peligroso por ser culto y federal. Fue demasiado lejos en 1827 cuando publicó un Mensaje con las cartas que comprometían a Rivadavia con la especulación minera. Al otro día Rivadavia debe renunciar a la Presidencia. En nota anónima, los “intelectuales” rivadavianos (Agüero, Del Carril, Varela –uno de ellos, dos o los tres−) escriben la famosa Respuesta al Mensaje diciendo que las acusaciones del diputado Dorrego son “vagas”, pero aceptan que en los libros de la Mining Rivadavia figura con un sueldo de 1200 libras como presidente de la compañía.
Dorrego publica un folleto larguísimo titulado Impugnación a la respuesta.
No hay réplica a la impugnación.
Es el fin de Rivadavia.
Y se lo van a cobrar…

Dorrego se hizo popular. Su ascenso a Gobernador fue haciéndose por un camino que en parte le prometía los votos del pueblo pero que también arrojaba su popularidad al uso de otros, de otros personajes políticos y de otros fines (no siempre populares). Es mi idea. Era hábil en tener la última palabra, aunque no le sirviera después para mucho. Su entusiasmo, su optimismo político, su lógica irrebatible, no siempre obraba a su favor. Acumuló políticamente para otros, o acumularon para él. Alguien necesitaba que fuera popular. Lo subieron para después bajarlo.
Su muerte fue más popular que su vida: la memoria de Dorrego (o de Navarro, que es lo mismo) terminó siendo una carta útil para construir el ala populista del gobierno de Rosas. La prensa gauchipolítica es una obra maestra en este sentido (me refiero a los periódicos de Luis Pérez: El torito de los muchachos y El toro de Once). La mamá de Lavalle era la mejor amiga de la mamá de Rosas. Pero es Rivadavia, no Lavalle, quien aparece en cartas al Foreign Office como opositor a Dorrego.

María de la Ascensión es la madre del coronel asesinado por la Santa Liga Político-Masónica de Buenos Aires, como él la llamaba. También les decía los logio-oligarquistas, refiriéndose, con todas las letras, a los Rivadavia, los Agüero, los Del Carril, los Varela, los Valentín Gómez, los Videla[7]… Con todas las letras porque en la casa donde María de la Ascensión le dio la vida, calle Juan D. Perón al 200, algo sabían de lealtad y coherencia. Por eso Dorrego hablaba, denunciaba, no se guardaba nada. Era un hombre de una sola pieza; o así se presentaba. Sólo Dios sabe el contenido de la confesión que el día que lo fusilaron le tomó su primo, el cura Juan José Castañer, que era hijo de una hermana de María de la Ascensión.
Lo que son las casualidades: el primo estaba casualmente en Navarro por funciones administrativas.

En el Dorrego de David Viñas, que es una obra de teatro, hay un momento en el que Segundo y Salvador (Julián Segundo de Agüero y Salvador María del Carril) debaten quién conviene que dé el golpe a Dorrego. El diálogo es desopilante; lo copio porque además de tratarse del hijo de María de la Ascensión, entre los “candidatos” a derribar su gobierno por la fuerza y fusilarlo, hay próceres cuyas madres aquí trato y están descritos con un realismo riguroso:

            SALVADOR: Un hombre. Sí. Pero ¿quién? (se le apaga la lámpara).
SEGUNDO: Y, para esto se necesita un militar.
SALVADOR: (sarcástico) Pero, ¿los militares son hombres?
SEGUNDO: Eh… son una raza aparte, como… los unicornios o las amazonas.
SALVADOR: Yo hablo de política, no de mitología.
SEGUNDO: Y yo hablo de una revolución, no de un cuartelazo.
SALVADOR: ¿Y cuándo ha visto usted, en este país, una revolución que no fuera un cuartelazo? Cuartelazo, Agüero, cuartelazo. Y eso implica cuarteles. Ir a los cuarteles. Ir, yendo, ido, vaya. Pues vayamos nosotros. Y a hablar con los que allí mandan que son militares. Y los que más mandan, son los generales. Por lo tanto, nosotros tenemos que hablar con un general (camina).
SEGUNDO: (alcanzándolo) ¿Lamadrid?
SALVADOR: Es un payaso: cuando tiene que ganar batallas se pone a escribir y cuando se decide a escribir, le da por ponerse las botas.
SEGUNDO: ¿Y Paz? ¿Qué le parece Paz?
SALVADOR: Otro general escritor. Prefiero a los escritores sin tantas medallas… (vuelve a encender la lámpara) ¿Y si lo llamáramos a Martín Rodríguez? Es un militar civilista.
SEGUNDO: Sí, civilista. Pero con demasiadas estancias: yo creo que le interesan más las vacas que la gloria… (pausa. Lo toma del brazo a Salvador.) A mí me parece que Pacheco es nuestro hombre.
SALVADOR: ¡No, no! La mujer lo engaña. Y entre un general que acumula leguas de tierra y un general desdichado en su matrimonio, prefiero el que no hace reír a los oficiales. Dése cuenta: en la frente, en lugar de laureles, ¡tiene cuernos!
(…)
SALVADOR: El dilema es ¿a quién? ¿A quién?
SEGUNDO: Un general. Usted lo dijo.
SALVADOR (deteniéndose bruscamente, como inspirado): ¿Y Alvear, qué opina de Alvear?
SEGUNDO: Peligroso. Nosotros necesitamos un general que lo eche a Dorrego que es un ambicioso. Pero con Alvear echamos un ambicioso para que se ponga otro en su lugar.
SALVADOR: Si por lo menos hubiera alguien entre los coroneles…
SEGUNDO: ¿Coroneles? (se ríe). ¡Pichones de generales! Por lo menos a los más antiguos, ya les conocemos las mañas. Son como los jueces viejos. Más seguros: ya han prevaricado todo lo que necesitaban. Los nuevos, lo único que tienen son las ganas… No, no, mi querido del Carril: para hacer una revolución prefiero un general cornudo que un coronel hambriento.
SALVADOR: ¿Y Lavalle? (van entrando en la penumbra).

(...) 
El lugar donde fusilaron a Dorrego está al lado de la estancia que era de Juan Almeida, hoy llamada “El Talar”, en la ruta 41 que une Lobos hacia Mercedes, sobre el margen derecho pasando Navarro unos tres kilómetros. Hay un cartel indicador azul. Se entra por una tranquera que dice “Parque Dorrego”, a unos mil metros más o menos hay un monumento señalando el lugar exacto, al lado de un corral, aparentemente reconstruido. Yo fui en el 2004. Estaba lleno de cuises.

San Martín, en carta fechada el 6 de diciembre de 1816, escribe cuando Pueyrredón destierra a Dorrego: “Vaya con Dios Dorrego: lástima es la pérdida de este joven que un poco moderado hubiera podido ser útil a su patria”.[8]
Moderarse, ahí parece estar la clave. Si San Martín no hubiera sabido moderarse en los momentos precisos, no era el Padre de la Patria. ¿Pero de dónde saca un hombre su intuición para saber dónde y cuándo ser moderado?
La  vehemencia  de Dorrego, tan unida a su sentido del humor, fácil de confundir con la altanería si no se tiene predisposición a notar la simpatía, parece, muchas veces, un atributo. ¿Cómo decirlo? Sus actos, hasta sus caprichos, dejan siempre un halo de dignidad. No es solo que la historiografía en su defensa haya operado dignificándolo y procerizándolo; él favorecía, en vida, ese halo; y si todavía perdura es por eso: antes que los historiadores de los últimos doscientos años lo hicieran, él mismo se consideraba mártir. “Yo no he hecho nada por mi patria –dijo cierta vez– si no he muerto por ella”.

No se sopesa suficientemente lo humano, lo personal. Pudo tener peso en lo que pasó políticamente con Dorrego su manía de contar parcialmente sus planes. Esta actitud confundía a los amigos. Su fama de loco se asocia a esto, además de que era poco formal y mantenía esa informalidad aunque fuera diputado o gobernador. Solía estar poco en su casa, andaba por las calles, solo, charlando con todos. No respondía a un partido sino a su personalidad o sus ideas, y por esto también lo criticaban o traicionaban.
Una explicación a las palabras tibias de San Martín sobre la inmoderación de Dorrego puede encontrarse en su visión política. Escribe San Martín en Mendoza a Tomás Godoy Cruz el 24 de febrero de 1816:

Me muero cada vez que oigo hablar de federación. ¿No sería más conveniente transplantar la capital a otro punto, cortando por este medio las justas quejas de las provincias? ¡Pero federación! ¿Y puede verificarse? Si en un gobierno constituído [sic] y en un país ilustrado, poblado, artista, agricultor y comerciante se han tocado en la última guerra contra los ingleses (hablo de los americanos del norte) las dificultades de una federación, ¿qué será de nosotros que carecemos de aquellas ventajas? Amigo mío, si con todas las provincias y sus recursos somos débiles, ¿qué no sucederá aisladas a cada una de ellas? Agregue usted a esto las rivalidades de la vecindad y los intereses encontrados de todas ellas, y concluirá usted, que todo se volverá una leonera, cuyo tercero en discordia será el enemigo.[9]

(...)
13 de diciembre de 1828.
Dorrego ya sabe que lo van a fusilar y en el carro donde lo tienen vigilado escribe varias cartas, a López, a las hijas: Isabel, la mayor, y Angelita. Son papelitos, miserables papelitos cortados. Con sus manos grandes y llenas de nervios, la cabeza doblada, moja la pluma en el tintero y le escribe a la esposa, Ángela Baudrix: “Mi vida, mándame hacer funerales, pero que sean sin fasto”. No quiere pompa. “Muero en la religión de mis padres”, termina, y firma: “tu Manuel”. Pero el primer acto del gobierno de Rosas, exactamente al cumplirse un año del fusilamiento, son los funerales de Dorrego con la pompa más pomposa que pueda imaginarse. Lo exhuman, lo traen de Navarro. Todavía está acá, en la Recoleta. Suenan, esa tarde de 1829, maitines y laúdes. Retreta fúnebre. Réquiem de Mozart. El catafalco negro es enorme. Todo Buenos Aires sale a la calle, en silencio. Cuentan que ese rumor fue impresionante, el pueblo sale espontáneamente a la calle, y no sabe qué decir, y no dice nada. Rumorea. Camina como perdido. El pueblo perdido.

La Independencia no fue una tentación, una caída; fue un sueño.
La orden de fusilamiento de Dorrego lleva la firma de un joven soldado que actuó bajo su mando, cumpliendo ese sueño.

María de la Ascensión lo acunó. Es la madre de ese sueño, de la armonía entre hermanos, el ideal: Jesús viniendo al mundo en un tiempo en que no había más que tiranos y esclavos, para hacernos a todos hermanos… hermanos y federales.






BIBLIOGRAFÍA

Astesano, Eduardo B., La movilización económica en los ejércitos sanmartinianos, Buenos Aires, El Ateneo, 1951.

Brienza, Hernán, El loco Dorrego, Buenos Aires, Marea Editorial, 2007.

Gugliemo, Osvaldo, Manuel Dorrego, civilización y barbarie, Buenos Aires, Ediciones Castañeda, 1980.

Guido, José Tomás, Biografía de Manuel Dorrego, Buenos Aires, Imprenta de Mayo, 1877.

Ortega Peña, Rodolofo; Duhalde, Eduardo Luis, El asesinato de Dorrego, Buenos Aires, Peña Lillo, 1965.

Parsons Horne, Carlos, Biografía del Coronel Manuel Dorrego, Buenos Aires, Coni, 1922.

Sosa de Newton, Lily, Dorrego, Buenos Aires, Plus Ultra, 1967.
_____, Lavalle, Buenos Aires, Plus Ultra, 1967.

Tonelli, Juan Bautista, Manuel Dorrego, apóstol de la democracia, Buenos Aires, Huarpes, 1945.

Viñas, David, Dorrego, Buenos Aires, Galerna, 1985.



[1] Episodio tomado de Brienza, El loco Dorrego.
Brailovsky (me dicen) convierte a Maciel en personaje en una obra de teatro cómico; sentado en su escritorio durante los tres actos, Maciel intenta escribir una epopeya argentina imitando la Ilíada y la Odisea: Belgrano es ingenioso como Ulises, Moreno muere trágicamente como Patroclo, y San Martín tiene que ser como Aquiles, el héroe máximo, pero… ¡no se aviene a la figura griega…! Maciel se queja: ¡pero así no se puede!...
[2] Por eso cuando Mariano Moreno traduce El contrato social de Rousseau, suprime la parte religiosa (por contradicciones). Esto tiene que ver con que la Ilustración en España, y en América, es católica, a diferencia de Francia e Inglaterra, que hacen una crítica radical a la Iglesia.
[3] Brienza, El loco Dorrego, pág. 25.
[4] Ibídem, pág. 39.
[5] Brienza, El loco Dorrego, pág. 36.
[6] La marcha militar de esta batalla es una de las más antiguas de la época independiente. La habría compuesto el emperador de Brasil (Pedro I) en homenaje a lo que preveía como victoria militar. Se dice que la partitura original se encontró en una de las carpas y fue considerada botín de guerra. Otra versión dice que fue hallada en la mochila de un soldado brasileño muerto. Fue ejecutada por primera vez el 25 de mayo de 1827. Actualmente se toca para rendir honores a la Bandera Nacional de Guerra y al Presidente de la Nación.
[7] Según Bonifacio del Carril, el Videla que participó en la conspiración del crimen de Dorrego no se llamaba Zenón (listado como jefe de Policía de Rivadavia en la publicación de la época), que era un distinguido estanciero de la provincia de Buenos Aires, sino Hipólito. Hubo un error en el nombre de pila… (pila de muertos, pila de errores…). También dice Bonifacio del Carril que el padre Castañeda publicó otra lista, algo diferente, y que transcribe Carranza en El general Lavalle ante la justicia póstuma. Es un libro que está en la Biblioteca Nacional, en la Sala del Tesoro. El día que fui a consultarlo, hará diez años, encontré un cartel en la puerta, decía: “La Sala del Tesoro permanecerá cerrada por robos”.


[8] Ser un hombre útil siempre me ha parecido algo horrible, escribió Baudelaire.

[9] En Documentos del Archivo de San Martín, V, 432 (citado por Astesano, La movilización económica en los ejércitos sanmartinianos, pág. 14).